Un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid pone en duda la explicación clásica del dolor de hombro y plantea que mirar solo el tendón atrapado se queda corto. La investigación defiende evaluar la fuerza, el movimiento y el mapa del dolor de cada paciente para dar con tratamientos más certeros.
Durante años, cuando alguien acudía al médico con dolor crónico de hombro, la explicación más habitual giraba en torno al llamado «pinzamiento»: los tendones quedarían atrapados entre el hueso del brazo y el omóplato, generando molestia e inflamación. Es una idea sencilla de entender y por eso se ha repetido durante décadas, tanto en consulta como entre los propios pacientes.
El problema es que la ciencia reciente no respalda esa simplicidad. Según el estudio, publicado en la revista Musculoskeletal Science and Practice, señalar una única estructura como culpable del dolor resulta mucho más complicado de lo que parecía. El hombro es una articulación con múltiples tendones, bolsas de líquido y músculos que trabajan de forma coordinada, y el dolor rara vez tiene un solo origen.
Por eso, cada vez más profesionales prefieren hablar de dolor de hombro relacionado con el manguito rotador (DHRMR), un término más amplio que incluye desde la irritación o el desgaste de los tendones hasta pequeñas roturas parciales o la inflamación de las bursas, las estructuras que amortiguan el roce entre los tejidos cuando movemos el brazo.
Qué encontraron los investigadores
El estudio, realizado por equipos de la UAM, el grupo de investigación CranioSPain del Centro Superior de Estudios Universitarios La Salle y el Hospital Universitario La Paz–Carlos III (IdiPAZ), comparó a 36 adultos con dolor de hombro persistente —con síntomas de al menos tres meses de duración— con otras 36 personas sin ninguna molestia. Ambos grupos tenían edad, sexo y brazo dominante similares, para que los resultados fueran lo más comparables posible.
Todos los participantes rellenaron cuestionarios sobre el dolor que sentían, tanto en reposo como al mover el brazo, y sobre cómo esa molestia afectaba a su día a día. Después, un fisioterapeuta les pasó un protocolo de evaluación diseñado específicamente para el estudio.
Los resultados marcaron diferencias claras entre quienes tenían dolor y quienes no. Las personas con DHRMR no solo tenían dificultades para levantar el brazo por encima de la cabeza, sino que también mostraban limitaciones en otros movimientos cotidianos, como estirarse, girar el brazo o alcanzar objetos. A eso se sumaba una pérdida de fuerza muscular especialmente notable cuando el brazo se elevaba a 90 grados, justo la posición que se necesita para tareas tan habituales como peinarse, colgar la ropa o coger algo de un armario alto.
El dolor no se queda en un solo sitio
Otro de los hallazgos más llamativos del estudio es que el dolor no aparece en un punto fijo. La mayoría de los participantes lo situaban en la parte delantera y lateral del hombro, pero en muchos casos se extendía también hacia la zona alta del hombro y el cuello, coincidiendo con el músculo trapecio, ese que solemos notar cargado cuando estamos tensos o llevamos mucho tiempo en mala postura.
Además, los investigadores detectaron más puntos gatillo miofasciales en los pacientes con dolor: son zonas concretas del músculo que, al presionarlas, reproducen exactamente la molestia que la persona sufre habitualmente. Su presencia en varios músculos del hombro refuerza la idea de que el problema no se limita a un solo tendón, sino que implica a toda la zona.
Hacia una valoración más completa en la consulta
Para los autores del estudio, estos resultados deberían traducirse en cambios reales en la forma de evaluar a los pacientes. En lugar de basarse únicamente en las pruebas ortopédicas tradicionales —esos test en los que el médico mueve el brazo del paciente en distintas direcciones para localizar el dolor—, proponen una valoración más amplia que tenga en cuenta el rango de movimiento, la fuerza muscular, el mapa del dolor y la presencia de puntos gatillo.
«Es necesario avanzar hacia una valoración más completa del paciente, que no dependa únicamente de pruebas ortopédicas aisladas», señalan los investigadores. «Incorporar variables como la distribución del dolor, la capacidad de movimiento o la fuerza permite entender mejor la disfunción».
Este cambio de enfoque no es solo una cuestión académica: tiene consecuencias directas en el tratamiento que recibe cada paciente. Cuanto más precisa sea la evaluación inicial, más ajustado podrá ser el plan de recuperación, ya sea con fisioterapia, ejercicios específicos o, en los casos que lo requieran, otras intervenciones.
Tratamientos más personalizados, mejor pronóstico
La principal conclusión del equipo investigador apunta en una dirección clara: dejar atrás las explicaciones simples para acercarse a la complejidad real de cada caso. «Alejarse de explicaciones simplificadas como la del ‘pinzamiento’ facilita una intervención más individualizada y potencialmente más eficaz», concluyen los autores del trabajo.
Para los millones de personas que en algún momento han sufrido dolor de hombro —una de las dolencias musculoesqueléticas más frecuentes en consulta—, este tipo de investigaciones abre la puerta a diagnósticos más ajustados y, con ellos, a tratamientos con mejores resultados a largo plazo.










