Pequeños hortelanos, grandes enseñanzas: Colmenar Viejo impulsa la economía circular desde las aulas
Los niños de Primaria aprenden a cultivar tomates en zapatillas viejas mientras descubren el valor del consumo local, el respeto al medio ambiente y los beneficios de una alimentación saludable
Una siembra de futuro con sabor local
El Ayuntamiento de Colmenar Viejo ha puesto en marcha una iniciativa tan sencilla como poderosa: enseñar a los niños y niñas de Primaria a cultivar sus propios tomates. Pero no se trata solo de jardinería escolar, sino de una lección práctica sobre economía circular, sostenibilidad y consumo responsable que se siembra en tierra fértil: la curiosidad infantil.
Del 29 de mayo al 19 de junio, los estudiantes de 1º a 4º de Primaria de los centros educativos del municipio participarán en talleres diseñados para que entiendan, paso a paso, de dónde viene lo que comen. Y, sobre todo, qué implica en términos de salud, medio ambiente y comunidad elegir un tomate local frente a uno que ha recorrido cientos de kilómetros.

El cuento que germina conciencia
Todo comienza con una historia. “El tomatito Tito”, un pequeño personaje que quiere convertirse en el tomate más grande del mundo, protagoniza el cuento que sirve de introducción al taller. Acompañado del calabacín Tin, el pimiento Ton y otros personajes del huerto, Tito enseña a los más pequeños que el camino del campo a la mesa está lleno de aprendizajes.
El relato guía a los alumnos en la comprensión del ciclo de vida de un vegetal, desde la semilla hasta el fruto. Pero también transmite valores: perseverancia, conexión con la tierra, importancia del esfuerzo y del cuidado, tanto del alimento como del entorno.
Un huerto en zapatillas
Tras escuchar el cuento, los pequeños hortelanos se ensucian las manos. Cada uno lleva al colegio unas zapatillas viejas traídas de casa, convertidas en improvisadas macetas donde plantan semillas de tomate. Durante varias semanas las regarán, abonarán y cuidarán, experimentando en primera persona qué significa hacer crecer algo con sus propias manos.
Esta original actividad no solo recicla objetos cotidianos, también despierta el interés de los niños por la agricultura y les conecta emocionalmente con los alimentos que consumen. “El objetivo de estos talleres es que los más pequeños conozcan el ciclo de vida de las verduras, así como los beneficios de consumir un producto de cercanía, apoyando la economía local y reduciendo la huella de carbono, lo que beneficia tanto al medio ambiente como a la salud”, explica Fabiola Cebrián Pérez, concejal de Consumo.
Del huerto escolar al Concurso de Tomates
Pero la experiencia no termina en el aula. Aquellos que lo deseen podrán presentar sus tomates en el Concurso de Tomates que se celebrará durante las fiestas patronales de Colmenar Viejo. Una oportunidad para mostrar con orgullo el fruto de su esfuerzo y, quizá, ganar un premio.
Más allá de lo lúdico, este paso cierra el ciclo completo de la economía circular que se promueve: producir, consumir y volver a generar, todo en un entorno cercano, sostenible y consciente.
¿Por qué cultivar tomates puede cambiar el mundo?
Aunque pueda parecer una actividad escolar anecdótica, el proyecto “Pequeños consumidores, pequeños productores” refleja una visión educativa que mira al futuro. Enseñar a los niños que el origen de los alimentos importa, que el comercio local fortalece la economía y que pequeños gestos cotidianos pueden tener un impacto ambiental positivo, es apostar por una ciudadanía más informada y comprometida.
“Desde el Ayuntamiento seguimos apostando por la economía circular y la sostenibilidad también en gestos cotidianos. Al comprar hortalizas en el comercio local, no solo apoyamos a nuestros productores y comerciantes, sino que reducimos las emisiones del transporte, impulsamos la economía de proximidad y fomentamos hábitos de consumo responsables”, subraya la concejal.
Y añade: “Son pequeñas acciones que alimentan un gran cambio”.
Una apuesta por la sostenibilidad con los pies en la tierra
En una época marcada por la urgencia climática, enseñar sostenibilidad desde la infancia es más necesario que nunca. Iniciativas como esta no solo acercan a los niños a la naturaleza, sino que les dotan de herramientas para comprender el mundo desde una perspectiva más responsable y empática.
Además, al implicar a las familias —al pedirles que busquen zapatillas viejas, comenten el cuento o acompañen la evolución del tomate en casa— se amplifica el mensaje. El aprendizaje se vuelve compartido, y los hogares se convierten en pequeños laboratorios de economía circular.










