La pérdida de dientes o la dificultad para masticar son problemas poco visibles pero muy frecuentes entre las personas mayores. Su impacto va mucho más allá de la sonrisa: pueden llegar a provocar falta de apetito, problemas nutricionales y aislamiento social. Entender cómo afecta la salud bucodental a la alimentación en la vejez es clave para mejorar la calidad de vida de nuestros mayores.
Cuando pensamos en trastornos alimentarios, solemos imaginar adolescentes con preocupaciones por su aspecto físico. Sin embargo, los adultos mayores también pueden sufrir alteraciones importantes en su relación con la comida, aunque por motivos bien distintos. En este grupo de edad, el deterioro físico, los cambios sociales y económicos y la pérdida de autonomía juegan un papel esencial.
Una de las afecciones más habituales en la vejez es la hiporexia, que se traduce en una pérdida de apetito causada por diversas razones, desde problemas psicológicos hasta enfermedades crónicas. Sin embargo, uno de los factores más olvidados y decisivos es la dificultad para masticar correctamente.
Dientes, masticación y placer de comer
Tener una buena dentadura es mucho más importante de lo que solemos pensar. La masticación es la primera etapa del proceso digestivo y, además de desmenuzar los alimentos, estimula la producción de saliva, clave para saborear y digerir bien. Para muchos mayores, perder dientes significa que la hora de la comida pase de ser un momento agradable a una rutina llena de dificultades físicas y emocionales.
La cita de Cervantes en el Quijote, donde se compara un diente con un diamante, sigue vigente. El valor de conservar los dientes naturales es incalculable para mantener la autonomía en la mesa, disfrutar de los sabores y evitar problemas de digestión.
El legado de una época sin cultura dental
Las actuales generaciones mayores crecieron en una época en la que ir al dentista era un lujo y, cuando se acudía, casi siempre era para una extracción. En los años 60 había menos de 1.500 dentistas en España, lejos de los más de 42.000 actuales. Esto, sumado a la escasa cultura de higiene dental, explica por qué tantos mayores han llegado a la vejez con una dentición muy deteriorada.
Pero la falta de dientes no solo cambia la forma de comer, sino que desencadena una serie de problemas de salud. Las comidas mal masticadas pasan directamente al estómago sin el paso adecuado por la boca, dificultando la digestión y la absorción de nutrientes. Esto puede provocar acidez, hinchazón o dificultad para tragar —agravada si existen enfermedades como el párkinson—, y afecta tanto a la salud física como al ánimo.
Las barreras para la reparación dental
Aunque la reposición de piezas dentales mediante prótesis sería la solución ideal, no siempre es viable para todos los mayores. Las limitaciones económicas, el deterioro de los tejidos de la boca y la recesión del hueso mandibular dificultan el uso y la adaptación a las prótesis.
Además, la presión ejercida por estas prótesis puede provocar heridas y dolor al masticar, lo que lleva a muchos a evitarlas y optar por alimentos blandos. Esto, a la larga, favorece la desnutrición y la pérdida de masa muscular. Incluso puede fomentar el aislamiento social, ya que compartir una comida se convierte en un momento incómodo por temor a mostrar las dificultades para comer.
Comer bien para vivir mejor
Prestar atención a la salud bucodental y a la capacidad de masticar en la vejez es esencial para evitar problemas físicos y emocionales. Los trastornos alimentarios en mayores pueden derivar en consecuencias graves: desnutrición, debilidad inmunológica y un claro deterioro en la calidad de vida.
Participar activamente en el ritual de la comida —manteniendo la autonomía, la capacidad de elegir y la satisfacción al compartir la mesa— es más que una cuestión de nutrición, es también salud mental y emocional.









