Muchos recurrimos a este gesto casi sin pensarlo, convencidos de que así hablaremos con más claridad. La ciencia, sin embargo, desmiente esa creencia tan extendida. Una experta de la Universidad de Granada explica por qué este hábito termina perjudicando justo lo que pretende mejorar.
Ocurre en medio de una reunión, durante una clase o simplemente charlando con alguien: notamos que la voz nos falla y, de forma casi automática, carraspeamos para intentar recuperarla. Es un gesto tan habitual que casi nadie se plantea si realmente funciona o si, por el contrario, puede tener consecuencias.
Por qué carraspear no soluciona nada
Juana Muñoz López, logopeda, profesora e investigadora del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada, ha abordado este asunto.
Según explica la experta, “carraspear es un error: no aclara la voz y, por el contrario, afecta a las cuerdas vocales”. La explicación tiene que ver con el propio funcionamiento de estas estructuras, que a lo largo de un solo día llegan a vibrar millones de veces para permitirnos hablar con normalidad.
Cuando carraspeamos, esas cuerdas vocales chocan entre sí de manera brusca. La profesora de la UGR lo describe con una imagen muy gráfica: el impacto sería “como si hubiéramos dado un portazo dentro de la garganta”. Ese golpe seco no tiene nada que ver con el movimiento suave y controlado que necesitan las cuerdas vocales para funcionar bien.
El círculo vicioso que agrava el problema
Lejos de aliviar la sensación de voz tomada, este gesto pone en marcha una respuesta del organismo que empeora las cosas. Tras el golpe, se genera mucosidad en la zona, lo que provoca la sensación de que hace falta volver a carraspear para eliminarla. El resultado es un bucle que se repite una y otra vez: cuanto más carraspeamos, más necesidad sentimos de seguir haciéndolo.
Este círculo no es inofensivo. Si el gesto se repite de forma constante durante semanas o meses, puede terminar lesionando las cuerdas vocales, afectando a su capacidad para vibrar con normalidad y, por tanto, a la calidad de la voz a largo plazo. Es decir, el propio intento de «aclarar la voz» puede ser la causa de que esta se deteriore con el tiempo.
Qué hacer en su lugar para cuidar la voz
Frente a este hábito perjudicial, la investigadora de la Facultad de Psicología propone una alternativa mucho más sencilla y beneficiosa: mantener las cuerdas vocales bien hidratadas. Este cuidado resulta especialmente importante en situaciones donde se habla de forma prolongada, como una charla, una clase o cualquier intervención pública.
La recomendación concreta pasa por algo tan simple como beber pequeños sorbos de agua durante pausas breves mientras se habla. Este gesto ayuda a mantener la humedad necesaria en la garganta, favoreciendo que la voz se mantenga estable sin necesidad de recurrir a movimientos bruscos que, como se ha explicado, terminan siendo contraproducentes.









