EDITORIAL: Me gusta la fiesta, sí… pero

Ángel Sánchez Carbonell, Editor Crónica Norte.

Me gusta la fiesta. Celebrar que seguimos vivos ya es razón suficiente para bailar, reír y mezclarse con los demás. No soy un sieso ni un ermitaño con complejo de vinagre, como dirían en el sur. Más bien al contrario: tengo un extraño imán para toparme con celebraciones. Salgo por esas carreteras secundarias que tanto me gustan, llego a un pueblo que no conozco… y ¡zas!, están en fiestas. Y no, no es solo cosa del verano. Da igual que sea otoño, pleno invierno con frío y mantas, o primavera lluviosa: siempre hay un santo al que venerar, un demonio que quemar o una costumbre ancestral que justifica la jarana.

Las verdaderas fiestas —las de antes— eran otra cosa. Ahí estaban las hogueras, la pólvora, el humo de las chuletas, los gigantes y cabezudos con sus sonrisas inquietantes, el baile con la orquesta en la plaza, las partidas de mus interminables, Las Charangas vestidas de traje y no con chándal, La Cucaña y el jamón, los caballos relinchando junto a sus jinetes, y ese cóctel de tradiciones cristianas y paganas enraizadas en la tierra. Eran fiestas de carne y hueso, no de postureo. Fiestas donde uno era vecino, paisano o forastero, invitado, pero siempre participe, activo bailongo y feliz, donde cada actividad tiene su origen y su por qué; donde se rinde culto a las tradiciones y a su variado origen local.

Algo de eso queda, algún resquicio de eso se puede ver entre el rabillo del ojo en algún momento puntual de algunas de las fiestas actuales… 

Pero el resto, la mayoría, amigo lector, casi ha desaparecido. Hoy lo que tenemos son macrofiestas clónicas, fotocopias a todo volumen donde los ayuntamientos se baten en duelo para ver quién ficha al artista más caro o monta el escenario más ruidoso. La autenticidad se cambió por la verbena excesiva y enlatada. Todo es hipérbole: días de farra alargados, más de una semana sin sentido, alcohol hasta reventar, y la triste desgracia que después se lamenta en silencio. Un dispendio descomunal que convierten a las fiestas en una competición política y los vecinos en los paganinis de turno con cara de muñecos de feria.

Sí, ya sé que esto suena antipático, incluso cascarrabias. Pero conviene decirlo: hemos permitido que las fiestas se conviertan en parques temáticos de consumo y duración semanal, alejadas de su esencia, alejadas de lo que fueron, alejadas de nosotros mismos. Y a mí, que me gusta la fiesta de verdad, la de la talla humana, la que no necesita artificio, en la que uno se siente cómodo y parte activa, en la que “compartir” es el verbo principal y no ser, solo “espectador”, me duele verlo.

No todas las fiestas son así, pero en los grandes municipios prácticamente si sucede lo que estoy describiendo.

Se que esto que escribo es bastante impopular, pero también sé que tengo una base de razonamiento y de sentido común y que seguro mucha gente siente y opina lo mismo.

Felices fiestas, aunque ya no sepamos muy bien qué demonios que celebramos o por qué lo celebramos de esta manera…

¿Y usted qué opina…? Le leo en los comentarios

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Angel Sánchez Carbonell
Angel Sánchez Carbonell
Ángel Sánchez Carbonell - Director de Crónica Norte. Desde hace 37 años dedicado profesionalmente a la información y entretenimiento (TVE, Onda Cero, Tele Cinco, COPE...) Pero ante todo: un enamorado de la geografía de la península Ibérica. Montañero y apasionado por el mundo del vino, Miembro de la Unión Española de Catadores. Cuando la vida me lo permite señalizo caminos naturales como Técnico de Senderos de la Escuela Española de Alta Montaña. (EEAM) Pero sobre todo me pierdo por ellos...

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