Celedón: El hombre detrás del mito y los secretos de una fiesta que no es lo que parece
Bajo el estruendo de la fiesta y el humo de los puros, se esconde una verdad que pocos vitorianos se paran a pensar: su tradición más icónica, la Bajada de Celedón, no es un rito ancestral perdido en la noche de los tiempos, sino una brillante invención de mediados del siglo XX.
Las Fiestas de la Virgen Blanca son mucho más que el cohete de las seis de la tarde; son un fascinante mosaico de historia, devoción religiosa y reinvención popular. Un relato donde un aldeano de Zalduondo se convirtió en símbolo inmortal, donde las procesiones de madrugada desafían a la juerga nocturna y donde cada rincón de la ciudad esconde una anécdota que merece ser contada. Este es un viaje al corazón de la celebración, a sus orígenes y a esas curiosidades que la hacen única y, a veces, contradictoria.

¿Quién fue realmente Celedón? Del aldeano de carne y hueso al mito inmortal
Antes de que un muñeco con paraguas surcara los cielos de la Plaza de la Virgen Blanca, existió un hombre. Su nombre era Celedonio Alzola y Gasteiz, un vecino del cercano pueblo de Zalduondo que, según cuentan las crónicas populares, tenía por costumbre acudir a las fiestas de Vitoria-Gasteiz contagiando su alegría y espíritu festivo. Se decía que era el primero en llegar y el último en marcharse, un auténtico precursor del alma de la fiesta que hoy conocemos.
Pero, ¿cómo pasa un personaje popular a convertirse en el epicentro de la celebración? La figura de Celedón, tal y como la vivimos hoy, es en realidad una creación relativamente moderna. Fue en 1957 cuando un grupo de amigos y blusas vitorianos, entre los que se encontraban José Luis Isasi, Jesús Jiménez, Amado López de Ipiña y José Luis Madinabeitia, decidieron dar forma a una idea audaz: crear un personaje que simbolizara el inicio de la algarabía, un aldeano que «bajara» a la ciudad para dar comienzo a las fiestas. Tomaron como inspiración la figura de Celedonio Alzola y diseñaron un descenso que, con el tiempo, se convertiría en el acto más multitudinario y emocionante. El primer hombre en encarnar a Celedón tras la bajada del muñeco fue José Luis Isasi, cumpliendo así el sueño de un grupo de visionarios que cambiaron para siempre la historia de sus fiestas.
La «invención» de una tradición: así nació la bajada que paraliza una ciudad
Resulta chocante para muchos, pero la tradición que hoy parece inamovible tiene poco más de 60 años. Antes de 1957, el inicio de las fiestas era señalado por el primer cohete y el repique de campanas, un comienzo mucho más sobrio. La propuesta de Isasi y sus amigos fue vista al principio con cierto escepticismo, pero su impacto fue inmediato y arrollador. Aquel primer descenso, rudimentario y lleno de improvisación, conectó de una manera visceral con el sentir popular.
La bajada no está exenta de anécdotas. En sus primeros años, el sistema era manual y dependía de la pericia y la fuerza de quienes lo manejaban. Se han vivido momentos de tensión, como enganchones del muñeco a mitad de camino o aterrizajes accidentados. Sin embargo, la magia del momento siempre ha prevalecido. Es la catarsis colectiva que transforma una plaza abarrotada en un único corazón que late al unísono, esperando que su héroe popular, paraguas en mano, anuncie que la mejor semana del año acaba de empezar. Es la prueba de que las tradiciones no solo se heredan, sino que también se inventan, y que su éxito reside en la capacidad de representar un sentimiento compartido.
Más allá del paraguas y el puro: el alma de la fiesta viste de blusa y neska
Sería un grave error reducir las Fiestas de la Virgen Blanca a la figura de Celedón. El verdadero motor, el torrente sanguíneo que da vida a las calles de Vitoria durante seis días, son las cuadrillas de blusas y neskak. Estos grupos de amigos, ataviados con sus características blusas (originalmente para proteger la ropa de las manchas en los toros) y los trajes de neska, son los herederos directos de aquellas peñas que desde el siglo XIX animaban la ciudad.
Su papel va mucho más allá del simple festejo. Son los guardianes de la tradición, los encargados de organizar los paseíllos, de llenar de música y ambiente cada rincón del Casco Viejo y el Ensanche. Son una estructura social festiva que se mantiene viva durante todo el año, organizando cenas, actividades y manteniendo el vínculo que explota cada 4 de agosto. Ignorar su importancia es no entender la esencia misma de la fiesta; son el pueblo organizado para celebrar, un fenómeno sociológico que define la identidad de Vitoria.
El Rosario de la Aurora, la procesión que desafía al amanecer y a la resaca
En medio del bullicio, existe un remanso de profunda devoción que contrasta con la imagen más extendida de las fiestas. Cada 5 de agosto, a las siete de la mañana, cuando muchos juerguistas se retiran, miles de vitorianos se congregan para participar en el Rosario de la Aurora. Se trata de una procesión solemne que parte desde la Iglesia de San Miguel Arcángel y recorre las calles del centro histórico, acompañando la imagen de la Virgen Blanca.
Este acto, de hondas raíces históricas que se remontan a la fundación de la Cofradía de la Virgen Blanca en el siglo XVII, es una de las joyas patrimoniales de la celebración. El silencio respetuoso, solo roto por los rezos y los cantos, y la luz tenue del amanecer crean una atmósfera sobrecogedora. Es la demostración de la dualidad de la fiesta: la perfecta convivencia entre lo sagrado y lo profano, entre la fe secular y la explosión de alegría pagana. Un evento que nos recuerda que, en su origen, todo comenzó como un homenaje a la patrona de la ciudad.
Secretos y anécdotas que el humo de la fiesta no deja ver
Las Fiestas de la Virgen Blanca están repletas de pequeños detalles y curiosidades que a menudo pasan desapercibidos. Por ejemplo, hasta 1883, las fiestas se celebraban en septiembre. El cambio a agosto se debió a motivos prácticos y económicos, buscando una mejor climatología y mayor afluencia.
Otro elemento icónico es la Procesión de los Faroles, que se celebra la noche del 4 de agosto. Este desfile, único en su género, está compuesto por 271 piezas de vidrio policromado que representan los misterios del rosario. Una obra de arte itinerante creada a finales del siglo XIX por el Gremio de la Construcción que sigue maravillando a locales y visitantes. O la tradición de las ristras de ajos, que se cuelgan en la Balconada de San Miguel y que, según la creencia popular, sirven para ahuyentar los malos espíritus durante las fiestas. Pequeños ritos y símbolos que tejen la compleja y rica tela de esta celebración universal.










