«El Torrero» de La Pedriza: la demolición de este bar y lugar de encuentro que divide a montañeros y ecologistas

Un rincón icónico de La Pedriza es derribado mientras las nuevas reglas redibujan el paisaje humano y natural de la Pedriza

La Pedriza, enclave icónico del senderismo madrileño, se despide de un pedacito de su historia con la demolición del bar El Torrero de La Pedriza. Numerosos montañeros lo recordarán como ese rincón donde tomar un café antes de la escalada o pateada y debatir sobre rutas imposibles al caer la tarde. La noticia ha sacudido a quienes, durante décadas, hallaban en ese local un refugio tras las rutas de montaña. ¿Se trata de un paso inevitable hacia la preservación ambiental, o estamos ante la pérdida de un símbolo social y formas de entender el montañismo clásico de forma irreemplazable?

Un adiós que sacude a la sierra

La desaparición del bar El Torrero no es solo el derribo de unas paredes, sino el fin de una época. Hace más de medio siglo, el Ayuntamiento de Manzanares el Real concedió a Manuel Torrero, un camionero, la posibilidad de levantar un pequeño local para atender a excursionistas y escaladores. Corrían los años 60, una época en la que la Sierra madrileña apenas contaba con servicios de restauración y en la que muchos pueblos vivían en condiciones de gran precariedad económica. El nuevo establecimiento se convirtió rápidamente en punto de encuentro para senderistas, guardias civiles especializados en rescate y socorristas de la Cruz Roja.

Las décadas pasaron, y la hija de Manuel, Marimar, se hizo cargo del negocio, adaptándose a cambios sociales y legislativos que fueron marcando el compás de la Pedriza. “El 19 fue el último día que pudimos abrir; el 20 entraron las excavadoras”, comenta Narciso de Dios Melero, guía de alta montaña y miembro de la Asociación Española de Guías de Alta Montaña. Para él, la desaparición de El Torrero no solo es el adiós a un establecimiento, sino a un testimonio vivo de la historia montañera de la región, y a un punto de encuentro muy emblemático.

¿Por qué un lugar tan querido termina por desaparecer?

El debate no se reduce únicamente a la demolición. Está íntimamente ligado a las nuevas directrices del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, que desde su declaración en 2013 implementa normativas más estrictas respecto al entorno. Para algunos, la presencia de un bar a pie de monte carece de sentido en un espacio que aboga por la conservación; sin embargo, muchos defienden su valor histórico y cultural.En teoría, la intención es garantizar la conservación y evitar daños irreparables a la flora y fauna locales. Con la proliferación de visitantes —que cada año baten récords— surgen nuevas normas que regulan o prohíben ciertos usos, con el fin de preservar los recursos naturales.

Libertad en la montaña: un bien cada vez más regulado

Cuando La Pedriza pasó a formar parte del recién creado Parque Nacional, se implantaron medidas para restringir el acceso indiscriminado de vehículos, controlar la afluencia de visitantes e incluso limitar ciertas actividades deportivas. En teoría, la idea es clara: proteger la biodiversidad y mantener el entorno lo más natural posible. Pero para ciertos sectores de montañeros experimentados, como Narciso, el resultado ha sido otro: “Están ajardinando la montaña, convirtiéndola en un parque temático”, denuncia con preocupación.

Narciso de Dios Melero denuncia lo que él interpreta como una “pérdida progresiva de la esencia montañera”, señalando que “los gestores parecen querer convertir los entornos naturales en parques temáticos, con recorridos preestablecidos y con una oferta turística empaquetada”.

La gestión de estos espacios naturales es compleja. Por un lado, se busca la preservación; por otro, la promoción turística. Según los datos que a menudo difunden las autoridades medioambientales, cada temporada el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama bate récords de visitantes. Este éxito turístico, paradójicamente, pone en jaque la sostenibilidad, pues la masificación puede acabar afectando a la flora y fauna locales si no se gestiona con cuidado.Para entender esta crítica, basta con observar que en algunos puntos de acceso a la sierra ya se cobra aparcamiento o se restringe el número de vehículos, sin que exista una alternativa de transporte público clara y eficaz.

El dilema de la concesión y los permisos municipales

Resulta especialmente llamativo que durante décadas, El Torrero pagara los impuestos municipales correspondientes (incluido el IBI), mientras ahora se argumenta que su ubicación era ilegal. ¿Cómo es posible que se cobren tasas sobre algo que, según ciertas voces, nunca contó con un marco legal sólido? Narciso subraya la contradicción y lamenta que “no se haya ofrecido ningún tipo de solución o alternativa” para mantener vivo el legado de un espacio que, a su juicio, no solo servía comida y bebida, sino que ejercía de foro cultural para compartir experiencias.

Algunos críticos han usado el argumento del impacto ambiental: durante los 60, efectivamente, los vertidos iban al río, como en tantos otros municipios de la época por la falta de depuradoras. Sin embargo, el local contaba desde hace muchos años con una fosa séptica para cumplir la normativa. Este detalle, según Melero, se ignora en muchos debates de las redes sociales y termina generando desinformación.

Voces que callan y montañeros sin relevo

En la emotiva despedida que se vivió recientemente, viejos escaladores, veteranos de la Pedriza y amantes de la montaña se reunieron para darle el último adiós al bar. Hubo lágrimas, abrazos y evocación de anécdotas. Lo que faltó, al parecer, fueron jóvenes dispuestos a tomar el testigo de la protesta. “Cada vez cuesta más movilizar a la gente nueva”, lamenta Narciso, consciente de que buena parte de la afición montañera actual no se organiza para defender estos espacios.

La otra gran ausencia en la despedida, según algunos testigos, fue la de los representantes de federaciones y clubes de montaña. Narciso critica que estas entidades rara vez se posicionan en contra de las decisiones oficiales. La gestión de los parques nacionales, a ojos de muchos aficionados, se cuece a puerta cerrada, mientras que asociaciones deportivas y administraciones se acusan mutuamente de no promover un diálogo más amplio y participativo.

La cabra montés: un ejemplo de contradicciones

Si hay un problema que exaspera a algunos expertos, es el exceso de cabras en el Guadarrama. Esta especie, introducida en 1990, supera ya los 6.000 ejemplares, cuando el equilibrio del ecosistema rondaría los 1.500-1.700.Los daños que causan al pasto y la propagación de enfermedades son solo algunas de las consecuencias de su proliferación, erosionando suelos y afectando a otras especies. Sin embargo, explica Narciso, “el Parque Nacional no hace nada porque temen la reacción de ciertos grupos ecologistas”. Esta doble vara de medir —gran firmeza para derribar un bar histórico y aparente pasividad ante la superpoblación— alimenta la desconfianza de quienes consideran que la gestión actual carece de equilibrio y está demasiado politizada.

Un futuro incierto para el patrimonio cultural en la montaña

La destrucción del Torrero deja en el aire una pregunta: ¿qué vendrá después? Resulta evidente que, en aras de la conservación, habrá más restricciones en el futuro. Aparcamientos limitados, acceso regulado por barreras y peajes en ciertas rutas ya no son excepciones, sino una tendencia creciente. El problema, según muchos montañeros, es que se toman decisiones sin consultar a todos los agentes implicados: administraciones, clubes de montaña, guías profesionales y, por supuesto, la comunidad local.

Narciso de Dios Melero cree que “es hora de despertar y movilizarnos”. De lo contrario, los avances en protección podrían acabar desplazando a los visitantes de toda la vida y generando una oferta turística enfocada al mero beneficio económico. Precisamente lo que se intenta evitar: un modelo más cercano a la explotación comercial que a la preservación natural.

El futuro del Parque Nacional: entre la protección y la comercialización

El Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, como otros en España, mantiene la difícil tarea de conciliar la creciente afluencia de público con la necesidad de conservar. Aunque las regulaciones persiguen un objetivo loable, la crítica recurrente es la falta de transparencia y de participación de quienes más conocen el entorno: guías, vecinos y asociaciones de montaña. El peligro de un enfoque cada vez más mercantilista es que, en palabras de Narciso, “la montaña deje de ser un lugar de descubrimiento personal y se convierta en un circuito empaquetado para el consumo rápido”.

Una llamada a la reflexión

El cierre de El Torrero simboliza un cambio de paradigma en La Pedriza y, por extensión, en la sierra madrileña. Se trata de un hito que invita a preguntarse si las regulaciones medioambientales están sabiendo equilibrar pasado y presente, tradición y conservación. La polémica permanece viva: para algunos, es solo el final de un bar obsoleto; para otros, un atentado contra la memoria de la montaña. Lo que queda claro es que la Pedriza seguirá siendo un escenario privilegiado de la naturaleza, aunque un poco más huérfano de historias compartidas.

Angel Sánchez Carbonell
Angel Sánchez Carbonell
Ángel Sánchez Carbonell - Director de Crónica Norte. Desde hace 37 años dedicado profesionalmente a la información y entretenimiento (TVE, Onda Cero, Tele Cinco, COPE...) Pero ante todo: un enamorado de la geografía de la península Ibérica. Montañero y apasionado por la enología y el mundo del vino, Miembro de la Unión Española de Catadores. Cuando la vida me lo permite señalizo caminos naturales como Técnico de Senderos de la Escuela Española de Alta Montaña. (EEAM) Pero sobre todo me pierdo por ellos...

4 COMENTARIOS

  1. excelente articulo imparcial y denunciando la realidad social existente
    un buen trabajo que debe llegar al conocimiento de la población madrileña
    gracias

  2. Me parece un magnífico artículo. En el Pirineo tenemos que poner atención para que no pase lo mismo. Efetivamente, no pueden convertir la montaña en un parque temático.

  3. Yo conozco este bar desde niño (ahora tengo 40 años) y me da mucha pena lo que está pasando en le Pedriza. Una cosa es proteger la naturaleza y la otra dejar a toda la gente que va a la Pedriza a andar, escalar, etc sin posibilidad de tomar algo al acabar la ruta ni descansar ni poder ir al lavabo. Ya destruyeron el aparcamiento que había al lado por lo mismo y levantaron uno mucho más grande más arriba, otra contradicción. Creo que se están equivocando los que prohíben tanto y que la Pedriza a este paso va a quedar abandonada, sin gente y que solo va a haber cabras y vacas. Quizá es lo que quieren los ecologistas y tanto progre que hay ahora.

  4. torres una pena casa Torrero punto de salida y vuelta para muchos montañeros y escaladores como yo allá por los años 80.

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