El último censo nacional de cigüeña blanca muestra un cambio de tendencia preocupante con un descenso notable en sus poblaciones tradicionales. A pesar de su presencia constante en los paisajes de España, factores como el cierre de vertederos y la pérdida de hábitats rurales están poniendo en riesgo su futuro.
Tras décadas de crecimiento sostenido, la cigüeña blanca en España parece haber tocado techo y ha comenzado un retroceso que preocupa a los expertos. El reciente censo nacional coordinado por SEO/BirdLife arroja cifras reveladoras: la población actual, que oscila entre las 33.500 y 34.000 parejas, ha vuelto a niveles muy similares a los que se registraban hace veinte años.
Este dato es especialmente significativo si se compara con las estimaciones de 2014, cuando se calculaba que había unas 42.000 parejas. En apenas una década, la tendencia ha pasado de un optimismo creciente a una pérdida de ejemplares que obliga a replantear la situación de esta ave tan ligada a la cultura y los pueblos de nuestro país. Aunque España sigue siendo el núcleo principal de la especie en el suroeste de Europa —sumando unas 50.000 parejas junto a Portugal—, la estabilidad de la que gozaba se está agrietando por regiones.
Los vertederos: una despensa con fecha de caducidad
Uno de los motivos principales de este descenso es la clausura de vertederos. Durante años, estos puntos de almacenamiento de residuos han servido como una fuente fácil y abundante de alimento para las cigüeñas. Sin embargo, su cierre está provocando la desaparición de colonias enteras que dependían exclusivamente de ellos.
En la Comunidad de Madrid, la población ha alcanzado un récord de 2.500 parejas gracias a la actividad de los grandes vertederos de la capital, Pinto y Colmenar Viejo. Pero esta dependencia es un arma de doble filo. En localidades donde estos recintos ya han cerrado, como Alcalá de Henares, el número de nidos no deja de bajar. Además de ser «trampas ecológicas» que causan muertes por la ingesta de plásticos, cuerdas y gomas, su desaparición deja a las aves sin sustento de la noche a la mañana, obligándolas a desplazarse o perecer.

El abandono del campo y la presión agrícola
El paisaje rural está cambiando y las cigüeñas lo están notando. La intensificación de la agricultura y la reducción de la ganadería extensiva han eliminado muchos de los espacios donde estas aves cazaban de forma natural. Los cultivos tradicionales están siendo sustituidos por plantaciones intensivas de leñosas que no ofrecen el mismo hábitat.
Los humedales y pastizales, que son sus despensas naturales por excelencia, se encuentran en mal estado o están siendo ocupados por infraestructuras como plantas fotovoltaicas. Esta falta de alimento natural, sumada a la pérdida de biodiversidad en los suelos, dificulta que las parejas puedan sacar adelante a sus crías con éxito en las zonas donde siempre lo habían hecho.
La retirada de nidos en iglesias y monumentos
La relación de la cigüeña con el ser humano también atraviesa momentos difíciles. En muchos pueblos, se están retirando nidos de iglesias, ermitas y edificios históricos alegando riesgos estructurales o falta de mantenimiento.
En Navarra o la ciudad de Cáceres, el impacto es desolador. El casco histórico cacereño, que llegó a albergar 180 nidos, cuenta hoy con apenas una o dos parejas activas. Aunque en provincias como Zamora se observa que las cigüeñas intentan adaptarse mudándose a zonas de árboles y riberas de ríos, este desplazamiento fuera de los entornos urbanos marca el fin de una convivencia milenaria en el corazón de nuestras localidades.

Un futuro incierto y el desplazamiento al norte
El análisis de SEO/BirdLife muestra que la situación es muy desigual. Mientras Extremadura ha perdido más de 2.500 nidos, el norte peninsular vive una realidad distinta. En comunidades como Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco, el número de nidos ha alcanzado cifras nunca antes vistas. Este movimiento hacia el norte parece ser un patrón global en toda Europa, donde la especie está expandiendo sus zonas de cría hacia lugares como el sur de Escandinavia buscando condiciones más favorables.
Sin embargo, los peligros persisten en sus rutas migratorias. Las aves más jóvenes siguen viajando al Sahel africano, donde se enfrentan a sequías severas y a la caza ilegal. Por su parte, los ejemplares adultos suelen quedarse en Marruecos o en el sur de la Península, enfrentándose cada año al riesgo de colisión con tendidos eléctricos, que siguen siendo una de las principales causas de mortalidad.
Blas Molina, técnico de SEO/BirdLife, advierte sobre la importancia de estas aves: “en un contexto de cambio global una de nuestras aves más comunes se presenta como un buen indicador de nuestra biodiversidad. La actividad humana y el cambio climático moldean los comportamientos y las poblaciones de esta ave venerada por el hombre desde hace siglos. No podemos perder de vista a especies como la cigüeña blanca en la que España juega un importante papel al ser la población más importante del suroeste europeo”.
Para quienes quieran seguir de cerca su día a día, la organización mantiene una cámara en directo en un nido de Ávila, permitiendo que cualquier vecino pueda conectar con la vida de estas aves y entender mejor los retos a los que se enfrentan en un mundo que cambia más rápido de lo que ellas pueden adaptarse.










