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La necesidad de recordar diferentes contraseñas puede ser un factor de estrés

¿Recuerdas todas las contraseñas de correo electrónico, acceso a ordenadores, aplicaciones bancarias, intranets de empresas de las que eres cliente o redes sociales? Para la mayoría de la gente, esta tarea es cada vez más difícil. Incluso, algunas personas sufren un fenómeno conocido como fatiga de la contraseña, ya que la necesidad de recordar y gestionar las contraseñas les genera estrés.

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«El estrés se debe a que nos vemos forzados a recordar la contraseña cuando queremos llevar a cabo una acción concreta y sabemos que, si no lo conseguimos, las consecuencias serán negativas. Si olvidamos la contraseña, tenemos que pedir otra, con el consiguiente gasto de tiempo y de esfuerzo, y, sobre todo, corremos el riesgo de perder información o no tener acceso a ella cuando la necesitamos», explica Modesta Pousada, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC.

Sin embargo, las nuevas tendencias en seguridad informática reducen la presión que tenemos para recordar contraseñas, una tarea que también podemos facilitar con las estrategias que apuntan los expertos de la UOC:

El auge de las contraseñas permanentes

Uno de los hechos que pueden desencadenar el estrés de la fatiga de la contraseña es que el sistema nos exija periódicamente cambiar la contraseña porque la que tenemos ha caducado.

Los expertos en seguridad informática son conscientes de que esta obligación de cambiar contraseñas periódicamente fomenta prácticas poco fiables.

Para comprobar si la contraseña ha sido comprometida en un ataque informático puede accederse al web Have I been pwnd?, tal como recomienda el profesor colaborador de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC Diego Miranda-Saavedra.

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La creciente aportación de la biometría

Cambios de políticas como el de Microsoft, que propone un acceso a la nueva versión de Windows 10 sin contraseña o promueve el acceso con reconocimiento facial, demuestran que el avance de la biometría hace que esta vaya sustituyendo en algunos entornos la función que desempeñaban las contraseñas.

«La identificación mediante la biometría actualmente no es suficiente para responder a todas las necesidades de seguridad informática, pero es un buen complemento del uso de contraseñas», opina Rifà, que es investigadora del grupo de investigación KISON de la UOC.

Coincide con ella Diego Miranda-Saavedra: «La imagen de nuestro iris o de la huella dactilar son vulnerables y un hacker podría obtenerlas. De momento, la biometría no es lo suficientemente fiable».

El uso de gestores de contraseñas

Mientras aún sea necesario recordar códigos de acceso, una opción para evitar memorizarlos todos son los gestores de contraseñas. Estos sistemas guardan la información de nuestros códigos personales cifrada, y los hay que la guardan localmente en nuestro dispositivo mientras otros lo hacen en un servidor, en la nube.

La creación de contraseñas con sentido

Al decidir la contraseña, hay pautas que nos pueden facilitar la tarea de recordarla. Según explica la profesora Pousada, «a menudo nuestras contraseñas son combinaciones de símbolos sin significado que no tienen ninguna relación con el contexto y, por lo tanto, no nos ofrecen ninguna pista para recordarlas».

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© Juan Ignacio Sánchez Lara

Como, además, es habitual tener muchas contraseñas y algunas se usan de vez en cuando, «es muy difícil recordar algo que no tiene significado, de lo que no tenemos pistas para recuperarlo y que además hace mucho que no utilizamos», añade Pousada, que es investigadora del grupo de investigación Psicologia, Salud y Red (PSINET) de la UOC.

Inventar historias que conducen a la contraseña

Las pistas que nos hacen recordar una contraseña pueden consistir en «pequeñas historias —sean visuales, recreadas mentalmente o asociadas a sensaciones como los olores, los colores y los sonidos— en las que se inserten informaciones», explica Pousada. «A menudo pensamos que cuanto más simple sea un elemento, más fácil será recordarlo, pero en realidad la memoria funciona a la inversa. Es decir, cuantos más elementos tengamos asociados a la información que queremos recordar, más fácil será que alguno actúe como el hilo de Ariadna, y tirando de él lleguemos a la salida», concluye la profesora Pousada.

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