El Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid ha declarado hoy el cocido madrileño como Bien de Interés Cultural, protegiendo este plato bajo la categoría de Patrimonio Inmaterial. Esta medida busca preservar una receta con más de 150 años de historia que se ha convertido en una seña de identidad para todos los municipios de la región.
La decisión tomada este 4 de febrero de 2026 marca un antes y un después para la gastronomía local de la Comunidad de Madrid. Al otorgar el estatus de Bien de Interés Cultural (BIC), el Ejecutivo autonómico no solo reconoce un valor culinario, sino un legado social que ha unido a generaciones de madrileños alrededor de una mesa. El objetivo principal de esta protección es garantizar que las características tradicionales de la receta se mantengan vivas y se den a conocer a las nuevas generaciones, revitalizando su consumo en toda la región.
La esencia de la receta y el ritual de los vuelcos
Lo que hace único al cocido madrileño es tanto su composición como su particular forma de servirse. La base del plato es sencilla pero contundente: carnes, verduras, embutidos y garbanzos. El secreto de su sabor reside en la técnica de elaboración, que se basa fundamentalmente en la cocción lenta en agua, permitiendo que todos los ingredientes aporten sus matices al conjunto.
Sin embargo, para cualquier vecino de Madrid, el cocido es mucho más que una sopa de legumbres; es un ritual. La tradición dicta que el plato debe servirse en vuelcos. Este sistema consiste en presentar los grupos de alimentos de forma separada y en un orden específico de consumo, una costumbre que se mantiene intacta en los hogares y establecimientos de la comunidad para respetar la experiencia gastronómica original.

Una tradición presente en cada rincón de la comunidad
Una de las razones por las que este plato ha obtenido la máxima protección patrimonial es su enorme presencia territorial. Es difícil encontrar un municipio en la región que no tenga el cocido entre sus platos principales.
Existen denominaciones específicas que demuestran esta riqueza cultural. Por ejemplo, en Villa del Prado es conocido como «pradeño», mientras que en Cenicientos recibe el nombre de «corucho». Otra variante destacada es la olla del segador, típica de Navalcarnero. Todas estas versiones forman parte del mismo tronco común que ahora queda protegido por ley para evitar que se pierdan estas particularidades locales que tanto enriquecen el patrimonio madrileño.
Del siglo XVI a la consolidación definitiva

Aunque el término «cocido madrileño» como tal aparece documentado con claridad durante el siglo XIX, sus raíces se hunden mucho más atrás en el tiempo. Los historiadores y gastrónomos suelen señalar a la olla podrida como su antecesor directo, una elaboración que ya se mencionaba en textos del siglo XVI.
No obstante, fue el periodo comprendido entre mediados del siglo XIX y principios del XX el que resultó crucial para la receta que conocemos hoy. En esos años se consolidó la elaboración específica vinculada estrictamente al ámbito madrileño, asociando de forma definitiva los ingredientes y la técnica al territorio de la comunidad. Con más de un siglo y medio de vida bajo su nombre actual, el cocido ha demostrado ser un fenómeno social muy arraigado que trasciende lo meramente alimenticio para convertirse en un elemento de identidad regional.









