Un equipo de la Universidad Politécnica de Madrid identifica mediante sensores espectrales las señales de alerta de la vegetación mediterránea en el bosque al ser ingerida, una tecnología clave para vigilar la salud de los ecosistemas desde satélites y drones.
A menudo, cuando paseamos por el campo, percibimos la naturaleza como un escenario estático y silencioso, donde la flora parece un mero espectador pasivo de la actividad animal. Sin embargo, la realidad biológica es mucho más compleja y fascinante. Un reciente estudio científico ha revelado que la vegetación tiene su propia forma de «gritar» cuando se siente amenazada.
Investigadores del Centro para la Conservación de la Biodiversidad y el Desarrollo Sostenible (CBDS) de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) han liderado una investigación pionera que ha logrado identificar nuevos indicadores de estrés en las plantas que sirven de alimento a los ciervos. Lo más revolucionario del hallazgo es el método: han utilizado la señal espectral, un rastro de luz que la vegetación emite y que, aunque invisible para el ojo humano, cuenta una historia detallada sobre su estado de salud.
Un desequilibrio en la biodiversidad ibérica
Para comprender la magnitud de este descubrimiento, es necesario mirar primero el contexto de nuestros montes. El ciervo es, sin duda, el rey de los herbívoros en la Península Ibérica. Su majestuosidad es indiscutible, pero su éxito reproductivo plantea retos importantes. Se estima que la población de estos animales ronda el millón de ejemplares en nuestro territorio.
Esta cifra, lejos de ser anecdótica, tiene un peso específico en el equilibrio natural. Al igual que los seres humanos tenemos nuestras preferencias gastronómicas, los ciervos no comen cualquier cosa que encuentran a su paso. Son selectivos y su dieta se basa en la textura y la calidad nutritiva de las especies disponibles. Esta presión selectiva puede alterar la composición de un bosque entero, favoreciendo a unas plantas y castigando a otras, lo que a largo plazo modifica la arquitectura del paisaje.
El laboratorio natural de Cabañeros
El equipo de expertos de la UPM no se quedó en la teoría y trasladó su laboratorio al campo, concretamente al Parque Nacional de Cabañeros, una de las joyas del bosque mediterráneo en España. Allí, en colaboración con el CREAF (CSIC) y la Universidad Autónoma de Barcelona, pusieron bajo la lupa la interacción entre estos grandes ungulados y dos especies de matorral muy representativas.
El estudio comparó dos realidades opuestas: por un lado, la jara pringosa, una planta que se defiende químicamente con sustancias resinosas y que resulta poco apetecible para el ciervo; y por otro, la olivilla, un arbusto de la familia del olivo que es considerado una «delicatesen» por estos animales debido a su alto valor nutricional. El objetivo era medir la fisiología de estas plantas, analizando cómo funcionan sus hojas y gestionan el agua tras el paso de los herbívoros.
¿Pueden los satélites sentir el dolor vegetal?
La gran innovación de este trabajo reside en el uso de la teledetección. Ramón Perea, coautor del trabajo, explica que el fin último es comprobar si los cambios físicos en la planta pueden servir como señales tempranas y fiables de estrés. Para ello midieron la forma en que las hojas reflejan la luz.
Esta señal espectral puede ser captada por sensores remotos instalados en satélites o drones, permitiendo una vigilancia a gran escala. Perea destaca que esto es «especialmente útil en lugares donde la abundancia de grandes herbívoros está desequilibrando los ecosistemas», una situación que lamentablemente ya ocurre en varios Parques Nacionales del sur de España. La tecnología se pone así al servicio de la conservación, ofreciendo ojos en el cielo para problemas que ocurren a ras de suelo.
La paradoja: sufrir más por no estar acostumbrado
Los resultados arrojaron conclusiones sorprendentes sobre la capacidad de adaptación de la flora. Se podría pensar que la planta más comida es la que más sufre, pero la naturaleza no siempre sigue esa lógica lineal. El estudio mostró que la respuesta fisiológica depende enormemente de la especie.
Las plantas «poco preferidas», como la jara, mostraron signos claros y severos de estrés cuando eran forzadas a ser consumidas: sus niveles de clorofila y nitrógeno caían y su intercambio de gases se veía afectado. Por el contrario, las especies favoritas del ciervo, como la olivilla, demostraron estar evolutivamente mejor diseñadas para soportar el «mordisco», no presentando niveles de estrés tan alarmantes. Esto sugiere una coevolución fascinante donde ser apetecible ha obligado a ciertas especies a desarrollar una mayor resiliencia.
Luces que delatan la salud
Profundizando en la bioquímica del proceso, los investigadores hallaron índices de reflectancia específicos (técnicamente conocidos como R750/R800 y R740/R800) que resultaron ser extremadamente sensibles al consumo por parte de los ciervos. Estos índices están asociados a la fluorescencia de la clorofila, que actúa como un termómetro de la actividad fotosintética.
Cuando una planta se estresa —ya sea por sequía, exceso de sol o, como en este caso, por ser devorada—, su capacidad para realizar la fotosíntesis se altera. Esa alteración modifica el patrón de luz que emite, creando una firma única que ahora los científicos saben interpretar. Es, en esencia, un sistema de alerta temprana que nos avisa cuando la vegetación está llegando a su límite.
El calendario natural influye en los datos
El estudio, publicado en la prestigiosa revista Ecological Indicators, también tuvo en cuenta la variable temporal. El campo no es igual en primavera que en invierno, y el comportamiento de los ciervos tampoco. La investigadora y doctoranda Carmen Rello, coautora del trabajo, señala que el impacto de los ciervos varía según las estaciones.
Detectaron que otros índices espectrales relacionados con pigmentos como los carotenoides presentaron fuertes variaciones estacionales. Esto indica que para realizar un diagnóstico preciso, no basta con una «foto fija»; es necesario comprender el momento del año, ya que el efecto del consumo depende de si los animales tienen mayor o menor necesidad de ingesta en esa época concreta.
Una herramienta de futuro para el mundo rural
La relevancia de esta investigación trasciende el ámbito puramente académico. La metodología validada por la UPM abre una puerta a la gestión eficiente no solo de la fauna salvaje, como gamos o corzos, sino también de la ganadería extensiva doméstica: vacas, ovejas y cabras.
La capacidad de monitorizar grandes extensiones de terreno mediante imágenes satelitales podría revolucionar la forma en que cuidamos el medio ambiente. Permitiría a los gestores de los parques y a los ganaderos identificar áreas con sobrepoblación de herbívoros o zonas degradadas sin necesidad de costosos despliegues sobre el terreno. Como concluyen los autores, esto facilitaría un «diagnóstico global y no invasivo», reduciendo costes y optimizando las estrategias de conservación para asegurar que nuestros paisajes sigan siendo sostenibles para las generaciones futuras.








