Una tradición que sobrevive al paso de los siglos Cada 17 de enero, el centro de Madrid se transforma en un insólito desfile de ladridos, maullidos y especies exóticas. La Iglesia de San Antón, en la calle Hortaleza, se convierte en el epicentro de una devoción que une la fe religiosa con el profundo respeto social por el bienestar animal. Las famosas «Vueltas de San Antón», en las que caballos y mascotas recorren el barrio de Chueca, son el vestigio vivo de una tradición que en el siglo XVIII ya congregaba a miles de madrileños.
El origen de los panecillos Más allá de la bendición, el rito se completa con la compra de los panecillos de San Antón. Elaborados con una receta secreta que les permite durar meses sin endurecerse, estos dulces recuerdan la vida ascética del santo. Según la creencia popular, guardar uno de estos panes junto a una moneda durante todo el año garantiza salud y prosperidad, un amuleto que sigue agotándose año tras año en las puertas del templo que gestiona el Padre Ángel y Mensajeros de la Paz.
Perfil biográfico: Antonio Abad, el ermitaño del desierto
Orígenes y la renuncia radical Antonio nació hacia el año 251 d.C. en Coma (Egipto Medio), en el seno de una familia de campesinos acaudalados. A los 20 años, tras la muerte de sus padres, escuchó en la iglesia el pasaje evangélico: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres». Sin dudarlo, repartió sus tierras, confió el cuidado de su hermana a un grupo de vírgenes y se retiró a vivir en cuevas y sepulcros a orillas del Nilo.
La lucha contra las tentaciones Su vida es célebre por las llamadas «Tentaciones de San Antonio». Durante sus décadas de soledad, se dice que sufrió visiones demoníacas en forma de bestias feroces o mujeres seductoras que intentaban quebrar su fe. Estos episodios han sido uno de los temas más recurrentes en la historia del arte (desde El Bosco hasta Dalí). Antonio venció estas crisis mediante el ayuno, el silencio y el trabajo manual.
El padre de los monjes Aunque no fue el primer ermitaño, se le considera el fundador del monacato cristiano. Su fama de santidad atrajo a tantos discípulos que acabó organizando comunidades de vida solitaria, aunque separadas entre sí. Murió hacia el año 356 d.C., con unos 105 años de edad, pidiendo que sus restos fueran enterrados en un lugar secreto para evitar la veneración excesiva.
Iconografía y el porqué del cerdo Es común verlo representado con un bastón en forma de «T» (la cruz tau), una campana y un cerdo a sus pies. El origen del animal es medieval: la Orden de los Antonianos criaba cerdos en las ciudades para alimentar a los enfermos de sus hospitales. Estos animales llevaban una campana para ser reconocidos, y con el tiempo, la figura del cerdo pasó de ser una fuente de sustento para los pobres a ser el símbolo del patronazgo del santo sobre todos los animales.
Un santo para la sensibilidad actual La figura de Antonio Abad ha evolucionado. Si en el siglo IV representaba la renuncia extrema, hoy es el estandarte de la conciencia animalista. En ciudades como Madrid, la festividad se ha ampliado con ferias de adopción y charlas sobre protección animal, demostrando que el legado del ermitaño egipcio sigue siendo capaz de movilizar a la sociedad urbana del siglo XXI en torno a la empatía por los seres que no tienen voz.








