A nadie le gusta ver sufrir a un niño. Menos aún a sus progenitores. Por eso muchos padres y madres evitan que sus hijos se frustren adelantándose a sus posibles equivocaciones. Sin embargo, las buenas intenciones de los padres pueden estar abonando el camino para lograr justamente lo contrario.
La investigación, publicada en Developmental Psychology, analizó la evolución de 422 niños y niñas en las interacciones con sus padres durante 8 años. Una de las observaciones de los investigadores fue que, cuando los padres sobreprotegían a los niños sin darles la opción de que resolvieran sus propias dificultades, los hijos tenían problemas para manejar sus emociones, algo que tiene consecuencias como la intolerancia a la frustración, entre otras.
Si los padres no regresan al colegio a por el cuaderno de deberes que el niño ha olvidado en clase, o dejan que termine sin ayuda un collage imperfecto aunque el resultado se aleje de lo planteado, estarán ayudándolo a crecer y desarrollarse.

Según los especialistas, actuar de ese modo trae consigo estos cinco beneficios:
- Evitar que se sientan incapaces. Si intervenimos cuando vemos que se acerca la equivocación, el mensaje indirecto que puede llegar al niño es que no confiamos en que sea capaz de hacer las cosas por sí solo. Fue la conclusión de una investigación en la que se compararon dos estilos de crianza: el controlador y el que fomenta la autonomía del pequeño. Los investigadores observaron que, cuando sus madres no estaban presentes, los niños con progenitoras que fomentaban la autonomía intentaban hacer la tarea que se les había encomendado, incluso aunque les costara y acabaran frustrándose. Sin embargo, los niños con madres controladoras tenían dificultades para afrontar la tarea y enseguida se daban por vencidos.
- Aprender a tolerar la frustración. Como explica Amalia Gordóvil Merino, doctora en Psicología y psicóloga familiar en el centro GRAT, cuando no permitimos que los hijos cometan sus propios errores lo único que conseguimos es retrasar el momento en que salgan al mundo por sí mismos, «y entonces la frustración será mayor porque su capacidad para gestionarla no se habrá entrenado. El peligro es que serán poco autónomos. Y si no toleran esta crisis pueden deprimirse o desarrollar algún tipo de fobia social, relaciones de dependencia o ansiedad en la vida adulta», advierte.
- Inculcar una visión positiva del intento. Para fomentar la autonomía, hay algo previo indispensable, y es el disponer de una base de seguridad y confianza.
- Prevenir la dependencia emocional. Según afirman los expertos, con cada uno de nuestros actos transmitimos a los hijos mensajes que no verbalizamos.
- Desarrollar la flexibilidad ante imprevistos. Otra razón para dejar que los hijos se equivoquen sin que los adultos intervengan es que de esta manera se ayuda a entrenar la flexibilidad ante imprevistos con los que no se contaba, algo fundamental para la vida adulta. De ahí que los especialistas recomienden fomentar la autonomía de los hijos con distintas fórmulas.










