Todos tenemos un familiar o amigo que solo escucha lo que confirma sus ideas. Lo curioso es que, según la ciencia, nosotros no somos tan distintos. Un análisis del profesor Francisco Vicente Conesa, de la Universidad de Castilla-La Mancha, explica por qué el cerebro humano tiende a rechazar lo que le contradice, y qué se puede hacer para evitarlo.
Puede que conozca a alguien en su entorno con una ideología muy distinta a la suya. Alguien que solo consume determinados medios, que rechaza cualquier información que no encaje con lo que ya piensa y que se molesta cuando le llevan la contraria. Es fácil señalar ese comportamiento en los demás. Lo difícil es reconocerlo en uno mismo.
Este fenómeno tiene nombre propio: sesgo de confirmación, definido como la tendencia a buscar, interpretar y recordar sobre todo aquella información que coincide con nuestras creencias previas. No se trata de un despiste ocasional ni de falta de formación. Según explica Vicente Conesa, ni siquiera los profesionales entrenados para ser objetivos escapan a él: «hasta profesionales entrenados para ser objetivos (como científicos y médicos) caen sistemáticamente este sesgo». La conclusión es clara: no es una cuestión de inteligencia, sino «un error profundamente humano».
Los primeros estudios sobre este mecanismo se remontan a los años sesenta, cuando el psicólogo cognitivo Peter Wason comprobó que, al intentar verificar una hipótesis, las personas prefieren buscar datos que la confirmen antes que ponerla a prueba. Ese atajo mental, repetido durante décadas, sigue condicionando hoy la manera en que nos informamos.
El problema empieza antes de leer nada
Uno de los aspectos más reveladores del sesgo de confirmación es que no aparece solo cuando procesamos la información, sino mucho antes: en el momento de elegir dónde buscarla. La evidencia reciente señala que este primer paso, el de decidir a qué fuente acudir, es clave para detectar el sesgo.
En la práctica, esto significa que solemos recurrir siempre a los mismos medios de comunicación y descartamos de forma casi automática aquellos que no comparten nuestra visión. No es que evitemos conscientemente otras fuentes: simplemente, ni se nos ocurre consultarlas.

Un doble rasero a la hora de valorar lo que leemos
El sesgo no solo condiciona qué buscamos, sino también cómo juzgamos lo que encontramos. Numerosos estudios muestran que aceptamos con facilidad cualquier dato que respalde nuestra postura, mientras que sometemos a un examen mucho más estricto todo aquello que la contradice.
Así, lo que coincide con nuestra opinión nos parece razonable casi de inmediato, y lo que no, nos resulta débil o poco fiable, aunque esté igual de fundamentado. Este comportamiento se conoce como razonamiento motivado: no analizamos la información de forma neutral, sino que buscamos activamente razones para descartar aquello que no nos gusta escuchar.
Cuando cambiar de opinión incomoda de verdad
Aceptar una idea contraria a la nuestra no es solo un ejercicio racional. También tiene un componente emocional, y no precisamente pequeño. Un estudio de neuroimagen centrado en creencias políticas detectó que, al mostrar a los participantes pruebas contrarias a sus ideas, se activaban las zonas del cerebro relacionadas con las emociones negativas.
Esto sugiere que muchas veces no rechazamos una información porque sea incorrecta, sino porque nos genera malestar. Vale la pena, por tanto, pararse a pensar si descartamos un dato por su falta de rigor o simplemente porque nos incomoda.
Saber que existe ya ayuda a combatirlo
La buena noticia es que este sesgo se puede frenar, al menos en parte. Diversos estudios apuntan a que somos menos vulnerables al sesgo de confirmación cuando sabemos que podemos caer en él. En una investigación con más de 1.400 participantes, quienes recibieron una breve explicación sobre este fenómeno fueron más capaces de distinguir noticias falsas de verdaderas que quienes no recibieron esa información.
Como resume el propio Vicente Conesa, el objetivo no es aprender a pensar sin ningún sesgo, algo prácticamente imposible, sino aprender a identificar el momento en que estamos cayendo en el error. Ese simple gesto de plantearse «¿y si me estoy equivocando?» en lugar de buscar solo confirmación, puede marcar la diferencia a la hora de informarse con criterio.










